Escolios
La primera vez que lo vi llegar parecía desesperanzado. Sus ojos no lograban enfocar. No sonrió. Saludó impasible a la mujer que iba a reemplazar con un ligero apretón de manos mientras la otra le decía: en el cajón te dejo las llaves de la sala y del escaparate de libros. Cogió las llaves y ojeó los estantes por un momento hasta que la mujer agarró sus cosas y se fue. Hizo un leve gesto de despedida y tomó un folleto de unas 51 páginas. Acarició su portada, pegó un leve soplido entre las hojas. Se sentó en la silla todavía tibia de la nalga de la mujer. Sacó de su valija un cuaderno corrompido de hojas amarillas. Mientras esperaba que sonara la chicharra, bebió café. Cogió su pluma. Clavó la mirada. Comenzó a escribir.
Siguió esta secuencia durante 14 días, hasta que no lo volví a ver jamás. Unos murmuraban que cayó gravemente enfermo, otros que era un reemplazo temporal, los más flemáticos que había desaparecido. El director me asignó su puesto. En el anaquel, el cuaderno. Escritos difusos con procedimientos de cálculo, gráficos de vector y de campo, tachonados, secuencias inconclusas y, en las márgenes, estas notas:
Tiovivo
Un color que va dando vueltas en la sonrisa de cuatro jinetes desalmados. Música de circo entre cigarras y chirridos metálicos. En el sopor de humedad de esta manga de tierra tropical: la peste, la tormenta, el aturdimiento, la desesperación. Creo que hoy volví a morir. Mis ojos no ven, mis oídos no escuchan, mi boca no habla. Solo giro alrededor de las estrellas más lejanas. Caballo, caballito.
La bellota
Un par de ojos agitados corrieron cerca. Viéronme en el letargo del descanso de quien sube hasta la cima. Súpome inofensivo. De nuestros ojos salieron rayos que la cercaron en un romboide. Pronosticamos su desplome y miramos. El fruto redondo marrón recalcitrante cuenta que la esperanza es su caída.
Epiciclo
Un movimiento circular alrededor de un círculo varía su trayectoria relativa acorde la velocidad del giro. Desde el punto de vista de algunos antiguos sabios griegos explicaría ciertas estancias retrógradas de los planetas en el firmamento. Pero, en mi limitada forma de ver el cielo, pienso que esto es solo una percepción de la percepción. Recuerdo la vez que te fuiste porque, según decías, el primer planeta estaba retrógrado. Y yo sabía que ni siquiera lo sabías distinguir entre los demás luceros, es más, que si acaso dejabas de ver el resplandor de una pantalla para ver la otra. ¿Cómo podría ser que un falso movimiento, una errada percepción, determinase el devenir de nuestros amores?
El péndulo
Yo también subí a aguadas viejo brujo. Quise ser piedra y rodar hasta el arma… Pero allá arriba un chivero me dio el aventón y me dijo: Comparte esta experiencia no tus lágrimas. Por lo que en una banca de la plaza central, con una ganzúa, escribí:
A quién pueda interesar:
Más importante que ir y venir es girar, y más que girar, estremecer.
Golpes de theremín
Me acerco con las dos manos pero sin llegar a tocarle. Más que una caricia, más que un calor, busco que nuestras frecuencias resuenen hasta la melodía. Tal vez sea solo cuestión de fábulas, tal vez sea la armonía de mis manos y su piel espeluznada, vibrante, lo que explique los sonidos en mi cabeza.
Café frío
Día que amanece brumoso, día que será soleado. A la venida aproveché la velocidad y el rocío para llorar. En el aguacero de ayer se me mojaron los zapatos y tuve que volver a las botas de las suelas rotas. Los tenis los dejé en la parrilla de atrás de la nevera. A la salida, por el afán, dejé caer el termo. Parece que algo al interior quedó roto. Sirvo este café simulando que no percibo la mirada de esa fulana, recordando cuando mezclé Lorazepam con Cold Brew. Soñé que ponía dos balas sobre la vía de un tren, y mi sien sobre la otra, todo en sus debidos tonos pastel. Di Vi No
El lugar que no existe
El cero absoluto. La quietud imperturbable. Puse mi sofá en un páramo y me senté a oscuras. Sonó How to dissapear completely. Logré salir de mí con ejercicios de respiración consciente y mezclas alucinógenas. Me vi fuera. No me quedó de otra que sentir miedo. Un miedo escalofriante. Una idea insana. Un tremor. Un señalamiento a ningún sitio.
Caos
Era de esperarse. De la sonrisa que recibí hace una luna, vino el pasmo por 29 días más. Colillas en cada rincón. Botellas vacías. Alimentos descompuestos en la poceta. Los potes de la basura atestados. La cama deshecha. La mancha en el techo con forma de mariposa aletea mientras caen las tormentas. La lavadora, el horno y la nevera se quemaron con las descargas. Yo solo no di una sonrisa de vuelta.
Huellas espectrales
A la sombra del mandarino no pasa nada, aparentemente nada, porque pasa es cuando no hay sombra. Cuando todo es penumbra. Una luz titilante se inquieta y llama. Da señales de que algo inefable hay allí. Es misterioso porque su luz no da sombra. La primera vez que la vi aún era un niño, tenía color azul. Creo tener la suficiente cordura de diferenciarla de una luciérnaga normal. Con el tiempo la luz se fue haciendo amarilla, la última, mientras caía en el pantano la vi naranja. Mis tías dicen que se trata del entierro de un indio. Yo prefiero pensar de que se trata de una luz que desea ser la sombra del mandarino.
Principio de incertidumbre
De la física, de lo poco que entiendo, de lo poco que se, de lo poco que he descubierto por mis propios medios, de lo poco que he leído, me quedo con las analogías que se le pueden hacer a las preguntas inherentes a la filosofía de vida de cualquier individuo. Saber que la medida determina la naturaleza de las cosas, y que, en el intento por tener la certeza a través de la medición podré descuidar otras determinaciones, me lleva a concluir de inmediato de que todo es incierto. Al final si se la posición, desconoceré el momento, y si sé el momento desconoceré la posición. Porque en última y en principio lo que gobierna es la incertidumbre. Hay cosas imposibles que sé que no me pasarán, como amanecer en China, o arriesgarme a abandonar mi orgullo, pero si escarbo en mis días descubro que muchos acontecimientos han girado gracias a imposibles que estaban a la vuelta de la esquina.
Dios no juega a los dados
No me atrevo a decir que es un tahúr con infinitas manos, con infinitos dados, solo que ha otorgado a la probabilidad siempre un valor positivo. Es el miedo a la ocurrencia de un evento lo que me lleva a pensar que yo siempre caeré por el lado de la desgracia. De tantísimas posibilidades siempre me imagino la peor y, a la vez, pienso que puede ser peor. Qué bonita es la palabra entrega para el que no siente miedo ni impotencia, qué especial suele ser pensar en el destino o el azar para quien solo vislumbra escenarios maravillosos. Quisiera entregar a dios todo lo que me atemoriza, quisiera entregarle todas mis inseguridades y vivir silvestre, entregado sin vacilación al orden natural de las cosas. Pero qué voy a saber yo, si solo alcanzo a ser una minúscula partícula de este gran entramado que han llamado vida.
La simetría que aniquila
Que tarde descubrí que jugar a ser reflejo era una práctica aniquilante. Nadie quiere verse en el reflejo. Y no es que sea miedo, es que la simetría perfecta es imposible y solo puede verse distorsión. Conocer la propia imagen es una quimera. Creer que verse en otro, en su reflejo, es un engaño sobre el engaño. Tal vez Perseo derrotó a la medusa por atisbar un mero destello, como una reacción al miedo más que un reflejo propio. Poco a poco me fui quedando sin ideas de mí mismo. Poco a poco veo la miseria que es mía pero que evidentemente también es de otro. Estoy solo y todo es vanidad. Escribo así porque he renunciado a la posibilidad de creación y ahora pienso en que me quiero morir, o por lo menos desaparecer. Nada me vincula realmente a la existencia que llevo. Insisto en estar alejado del espíritu del vino porque tengo esperanza. Sigo sintiendo el daño, la exclusión, aunque ya no sea un borracho miserable. Ningún amor me basta. Creo que daría todo por tener el amor de mi antigua amante, pero es precisamente su desamor y su rechazo lo que me tiene así. Quiero huir y no sé a dónde.
Espectros de fantasmas inexistentes
Invariablemente imagino espantosas consecuencias de lo que digo, de lo que no digo, de lo que hago y de como lo hago. Persistentemente siento temor al escarnio y al maltrato. Me creo vigilado y no logro percibir qué detonó esta psicosis. Los seres humanos a mí alrededor se comportan como si fueran fieras salvajes que se excitan con el miedo de su presa. Sangro, pero no es un líquido ferroso y rojo, son mis humores los que se derraman, es la bilis negra. La infinita melancolía que pareciera que me acompaña y me acompañará siempre. No sonrío y no lloro. Si estas palabras te logran enternecer es porque te ha tocado el aura de mi tristeza. Mi estado emocional no es producto de una causa real, aunque mi mente se empeña en sentenciar que sí. Debo recordar a cada instante que yo he tenido profundos motivos para ser feliz, pero tampoco lo he estado. Entonces ¿este dolor qué es conmigo?
La ruptura en el reflejo
Mucho tiempo antes de ver el demonio en el espejo. Antes de no soportar ni un segundo su mirada. Incluso antes de saber que la belleza era un engaño. Supe que ni una partícula que había allí correspondía a este cuerpo y a esta imagen que tengo en mente. No me precio de nada y sé que nada puedo hacer para evitar la repulsión que mi figura representa. Cargo con un cardo de desilusión y resentimiento, pues no me alcanzo a explicar como los demás si se encuentran entre ellos a través de la caricia o la palabra. Han pasado lustros en que, consciente de esta soledad, sigo negándola, pues no puedo aceptar ser un completo extraño.
Un grito de vacío
Qué naturaleza escuchará el sonido de una aspiración después del pánico de ver la soledad de frente. El paso leve de quien le falta el aire no produce vibraciones en el espacio circundante. El acto inconsciente de tomar una bocanada como último respiro antes del ahogo es callado. Si ensayo la respiración pausada, si me permito un grito nada pasará, porque nada sale y nada entra. Ni petición de auxilio, ni lamentación, ni calma. El dolor se profundiza, se va hacia adentro, hacia el fondo. No soy éter, no soy paz, soy sumidero remolino, inquietud interna, sensación de vacío, angustia estéril.
La larga noche
Día tras día. Noche tras noche. Veo al cielo y veo negro. Apago las luces para sentir oscuridad y mantener mis sentidos consecuentes con mi realidad interna. Este sentir empezó desde aquella vez que entre el sol y su reflejo en la arena se me veló la mirada. Miro a lo profundo y me autoengaño diciendo que es un resplandor, que es la línea de la galaxia, que es Betelgeuse. No son sino juicios nominales, porque desde aquel entonces la visión esplendorosa se apagó para siempre. No hay chispa de nada, asumo la esperanza como un poder vivir en la penumbra de la rendición y la derrota. Redimime vos poder de la noche oscura.
Características
Plano, monótono y suave. Leves protuberancias suben y hendidos bajan. Una visión profunda donde todo es tornasolado al rojo. Una certeza que nunca falla y en ella descanso. Quiero el fin. Voy al fin.
Por qué hablo así
Esto lo escribo porque así lo he visto. Porque las cosas se me han develado de manera que yo haya estado aquí para verlas. Su naturaleza, en estas palabras, se resume a mi mirada. Miro, parloteo mentalmente, algo escribo. Cierro el bucle de los hechos. Una palabra no envolverá la cosa, pero es mi cosa. Inacabada, casi inexistente, porque soy minúsculo, intrascendente. Al pasar de los días mi luz se extingue, mis partículas se suman al gran caldero cuántico. No tengo tiempo para entender, ni depurar, ni cargar guirnaldas. Soy así porque así lo veo.
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