Escolios
La primera vez que lo vi llegar parecía desesperanzado. Sus ojos no lograban enfocar. No sonrió. Saludó impasible a la mujer que iba a reemplazar con un ligero apretón de manos mientras la otra le decía: en el cajón te dejo las llaves de la sala y del escaparate de libros. Cogió las llaves y ojeó los estantes por un momento hasta que la mujer agarró sus cosas y se fue. Hizo un leve gesto de despedida y tomó un folleto de unas 51 páginas. Acarició su portada, pegó un leve soplido entre las hojas. Se sentó en la silla todavía tibia de la nalga de la mujer. Sacó de su valija un cuaderno corrompido de hojas amarillas. Mientras esperaba que sonara la chicharra, bebió café. Cogió su pluma. Clavó la mirada. Comenzó a escribir. Siguió esta secuencia durante 14 días, hasta que no lo volví a ver jamás. Unos murmuraban que cayó gravemente enfermo, otros que era un reemplazo temporal, los más flemáticos que había desaparecido. El director me asignó su puesto. En el anaquel, el cuaderno. ...


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