la muerte no es el mar
Me quedé observando el río concho y, aunque soy de pocas palabras, alcancé a decir que fluye, tiene rápidos y hay colores azules, verdes, grises, cafés… Recordé que de niño pesqué ahí, entonces casi que con certeza pude decir que allí viven peces, y otras especies de fauna y flora. También pude decir que el río, en este caso el Concho, es fuente de vida para muchos otros. Que el concho va al río Nare y ya no se llamará Concho sino Nare, y que el Nare no se sabe si se puede decir si es río o si es agua canalizada y acaudalada, y que irá al Magdalena y que luego irá al mar. Si estudiara un poco en la literatura y la ciencia podría decir más del río concho. Un científico podría ampliar sus palabras y su vocabulario sobre este río. Un poeta podría expresar con mayor impacto y sensibilidad lo que podría ser este río. Pero, el científico, el poeta, y/o yo podría decir ¿Soy río?
Decirse río, semilla, pájaro es genuino, consolador y tal vez bello, pero no deja de ser metáfora o una herramienta para crearlas. El universo, el mundo, el rio no son razonables. De ahí el engaño a llamarse río. Llamar a la tierra como mi madre también es un engaño y una negación. Pues la razón no me permite comprender cabalmente lo que es el río o lo que es la tierra o lo que es la madre, por lo tanto, las estaría negando, y a la vez negaría a mi madre quien fue la que en un principio me enseñó a desear renunciar y perder su totalidad.
En el río concho comprendí que habito el absurdo. Este absurdo aparte de saber que mi vida no tiene o requiere o clama algún sentido, lo vivo y a la vez estoy en su espera. Lo que me lleva a estar al tanto de renunciar a las metáforas en las que pretendo definirme, no pretender decir o ser más de lo que soy, aceptar la dicha del destino creado, o tal vez, impuesto. La conciencia de ser o, también, ser nada.
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