La casa
Muchas veces, mucho tiempo la sentí como mi lugar favorito, algunas veces era el lugar en el que debía estar, otras mi morada, mi refugio y, a lo último, un lugar de paso, de dormitorio.
Allí viví amores, placeres y sus contra caras de odios y dolores. No sé porqué desde que comencé a habitar allí mi ser se habituó a vivir en un duelo perenne...
Llegué a comprender aspectos del silencio y la soledad que me aterrorizaron, y ahora los valoro como grandes maestros. Fui perverso, hice daño, pero también quise compartir y convivir en armonía y esperanza. Yo sé que fallé y que, tal vez, fallo al irme de acá, al dejar la casa vacía.
No siento rencor hacia aquellas personas que en algún momento decidieron compartir conmigo este espacio, he tratado de comprender sus decisiones de irse a buscar lugares y compañías más luminosas y sanas. En su ausencia cada una dejó una flor que da un aroma delicioso y aún huelo, pero se que detrás de todos esos maravillosos olores hay cantidades enormes de putrefacción. La belleza es encantadora por su imperfección, y por su naturaleza efímera.
Me voy con más pena que alegría, con más sozobra que certeza, con más miedo que entereza, pero con la seguridad de haber aprendido mucho. Siento que estoy siendo un traidor a mi mismo de hace una década y un lustro que añoraba vivir en el campo, entre la naturaleza y el amor. Creo que ya no tengo ese deseo, soy alimaña de ciudad.
Me voy agradecido con la naturaleza, la lluvia, el viento, el sol, los pájaros, las ardillas, las zarigueyas, los sapos, los frutos, las estrellas, el fuego... Me voy matando la ilusión de que si estuvieras aquí también la considerarías morada y lugar seguro.






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