Notas de despedida
Algunas notas sobre una renuncia que empezó hace un poco más de dos años. En la que inicialmente se sintió la necesidad de desapegarse de algunas personas y luego, con el tiempo, se empezó a observar y a sentir que era necesario desprenderse también de ciertas ideas, sentimientos y objetos que las rodeaban. Esa necesidad se volvió deseo y, en la angustia que esto produce, se pudo notar la presencia de una perversa enfermedad que exigía una suerte de desgarramiento. Acá se comparten algunas palabras, con la ilusión de saber que lo que se dice no es lo mismo que lo que se hace, pero que uno no es menos importante que lo otro.
1
Los días se convirtieron meses y los meses se volvieron años, y fui trasegando lento pero constante en un profundo muladar de tristezas miserables. Tanto tiempo sintiendo ese dolor no podía ser inocuo, su paso me dejó una sensibilidad extraña. Ahora no miro con nostalgia lo que fue, pero lo recuerdo, porque es imperativo recordarlo para no volver allí, al sufrimiento que causó mi dolor y mi melancolía.
Niño jugando a las escondidas teme por partida doble. Por los aspectos concretos de la penumbra, el aislamiento, el misterio de ver sin ser visto, y por la confirmación de la sospecha de su soledad, de su ser sin significancia, de que lo dejen escondido. Continúa el juego sin él, reparten la merienda sin él, juegan otro juego sin él, los otros que vuelven al lecho de su madre lo olvidan por completo. Él se ha agradado de si mismo y ha encontrado un hueco oscuro que le provee seguridad y así pasa el tiempo, el mundo, los ires y los sentires.
Mujeres hermosas atisban allá adentro y no saben si lo que han visto es la belleza o la miseria en su más pura forma. Curiosean y quieren saber el qué es. Una vez dentro conocen de verdad el llanto. Quieren salir de allí y sus propias lágrimas han formado un fango empalagoso que las retiene. Sufren intensamente unos años y escapan para siempre.
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2
Ese jardín. El rey del pasto, el aguacate testigo de los últimos lamentos del buen amigo, el jazmín nocturno, la ruda para que al fin de la peste pueda comprender eso que llaman amor, la palma de cera que no tiene la culpa de tu pequeño gran engaño, la lengua de la suegra, el pavón rojo de las orillas del Penderisco, el níspero de la tierra fría, el guamo peludo sobreviviente a los daños del loco que me quería matar, el uchuvo, el cedrón, la cheflera, el hinojo de la maestra de lactancia humana, el roble de páramo de las baldías tierras de tu corazón, el cedro, el magnolio fósil viviente, el guayabo de leche, el aguacatillo, el liberal caído en la última batalla, derrotado por el alcohol y por el hacha, el chachafruto de la marcha del magisterio, el alcaparro víctima de mi vanidad, la polinesia, el chirlobirlo con raíces en el vientre de la diosa Isis, las palmitas verdulejas que recuerdan que aparte de maga es asesina, el limón Tahití de las meditaciones estériles, la palma areca, el carbonero del bizcocho, el calistemio, el guayabo criollo, el espadero del lado de don Flatulencio, el naranjo de sabor dulce, el laurel sostén del cimiento de mis ruinas, el siete cueros nazareno, el chimuelo de las luces doradas de la tarde, la princesa de hojas de plata, el eugenio hábitat de las salamandras enamoradas, el arbustico de la mermelada, el guayacán amarillo florecido un día, el san Joaquín, el chirimoyo, el yarumo gris que secaron las hormigas y esa tierra tan amarga, el mango enjuto, el limón mandarino o mi favorito, la guayaba peruana, el banano, la palma de mi enfermiza forma de amar, el bambú y la plaga del ojo del poeta.
El alcohol y los celos me condujeron a decirle que yo también sembraba. Asustado corrí a la sombra del limón a beber lo último que quedaba en la botella. Vi las luces entre las hojas y las orquídeas parasitarias de su tronco. El barranquero se me acercó con algo así como una cola rebosante de su pico y sin hablar me dijo que yo no era de fiar. La soledad y su maravillosa capacidad de cagar por la boca. La tangara vitriolina, el azulejo viviendo a la enemiga, la esmeralda alada, el carpintero picoteando sus propios huevos, la coroninegra, el pechirrojo que sabe que es mejor no esperar, el canario, el jilguero, la piranga, el gavilán pollero, el cucarachero que me hace olvidar tus gritos, el bichofué no nació para semilla, los tres tipos de colibrís turnándose para que yo pudiera evadir el tedio de mi inútil rutina, el chamicero piscuís, el tapaculo grabado para la clase de las seis de la mañana, tu y tu, el alcaraván, la garza, el currucutú, el copetón fiel y dedicado, el mayo donde una vez perdí el corazón, el tordo, la mirla que se suicida al mirarla, el cuco ardilla, el toche, el carriquí, el sirirí, las tórtolas, el palomo torcaz, el degollado. Los gallinazos o buitres que algún día irán a comerme. ¡Pues claro! ¡Si lo que tenés que hacer es sembrar comida güevón!
Normalmente no quiero comer, algunas veces hasta lo encuentro repugnante. No sé si sea por eso, o por impaciencia, o por descuido, pero, de lo que sembré, una mosca blanca se comió el tomate, una pulguilla agujereó las hojas de la remolacha, los ácaros hicieron del cilantro su festín, una araña roja succionó el pimiento, una cigarrita tenía un banquete en el maíz, orugas, pulgones, mosquitos, marranitos papayeros, y ese cucarrón curculiónido que trajiste con tanto regocijo. Todos comen.
Mirándote a los ojos fingía escuchar la historia del cucarroncito y recordé el olinguito que pasó por el cable de la luz, la zarigüeya entre los pinos, las ratas, los ratones, todos ellos comparten el brillo de tus ojos negros.
A los meses le pregunté: ¿Qué? ¿Cómo va la huerta? Y su respuesta: Ya no estamos en la huerta, sino en campaña para que él pueda acceder a una curul en el concejo. ¿Contamos con tu voto?
Me sentí confundido. Me supe perdido. De ese jardín protector nunca fui el jardinero.
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3
Con la derecha pongo el caño en el paladar. Saboreo el metálico y exploro sus formas con la lengua ¿Es cilíndrico? ¿Es un prisma cuadrado? Dudo ante la necesidad de apretar dos veces. ¿Será que B. me presta el fierro?
Esa mañana pude abrir los ojos después de tres días. Y en la mirada se fijó la viga que sostiene los travesaños del tejado. En la tediosa junta de la semana pasada había aprendido hacer un nudo corredizo con las tiras de mi abrigo. En el cuarto útil tengo la soga. ¿Cuánto peso soportará ese viejo techo? Nota en el cuaderno de la mesa de noche: Ya estoy colgado, pero de las pelotas.
Abro el viejo y carcomido libro: “venciste, hermosa Dorotea; porque no es posible tener ánimo para negar tantas verdades juntas” El separador es una receta totalmente vigente que el doctor M. me ha prescrito. ¿Cuál será la dosis para no sufrir?
Salto hacia atrás, posible rotación en el mismo sentido, entrar de cabeza o de brazos. La plataforma: el viejo edificio donde vive mi madre. Dios proteja al hombre de la limpieza.
Titulo para la carta: “Contrariedades íntimas”
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4
“Necesito imponerme una moral”: Renunciar a cualquier ideal del yo o ilusión de control de sí y de los demás. Ante cualquier situación, pregunta, duda o contradicción decir siempre lo que se cree que es la verdad. La honestidad no es cinismo cuando la verdad se descarga de sentimentalismos. Menospreciar las vanidades propias y ajenas. No vanagloriarse, ni en el campo más íntimo, de las pasiones. El actuar genuino es el que es acorde al deseo, no a la voluntad y, si hay equivocación, admitir inmediatamente los fallos. Implicarse intensamente en el doloroso camino del conocimiento de sí mismo y sus abismos. No pedir perdón, no otorgarlo. Vivir en aceptación de las heridas y el daño causado a otros. Cada acción es acorde a sus consecuencias. Todo lo que embriaga menoscaba el honor. Aprender a ser solitario y ser un receptor de toda la bondad del mundo. No usar la ironía. En el culto al cuerpo buscar el vigor del ser no su apariencia. Ser leal a cada gesto de amor hasta la muerte. El paso que separa a los niños de los hombres es el tránsito de la certeza de la propia muerte, darlo sin evasivas.
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5
Solo la acción permite conocerme. La mera contemplación propia es evasiva. Toda sustancia me impide pensar claramente pues evoca fantasmas ajenos. Rumiar ideas y palabras no es pensar. Mi obsesión trata de impedir a toda costa el vacío.
Sumergirme es mi acción más dilecta, estar en el fondo sin respirar, y después flotar. Aplica para cualquier medio. Cualquier otra descripción banalizaría el acto en un gesto y por último en un acuerdo. ¿quiero que mi cuerpo se deslice más rápido? ¿quiero salir en publicaciones deportivas que muestren mis movimientos? ¿quiero que mis músculos se transformen en un cuerpo estandarizado? ¿quiero volver esto una virtud para evadir un vicio? ¡No! ¡Basura! ¡pajareros desencantados! Solo quiero sumergirme, estar en el fondo sin respirar y flotar. Es todo.
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6-
- "Ni conquista, ni seducción..."
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7
Solo con usted sentí el miedo de saber que estaba viviendo una ilusión. La ilusión de ser amado, deseado. A pesar del fastidio y el desprecio, conservé y viví en ese absurdo insensato. B. fue a mi casa a tomar tinto y a fumar mota en una máquina extraña. Yo ya no fumo, le dije y preparé un café en moca. Sabés J. conseguí un revolver porque de todas maneras en la calle hay muchas gonorreas. Es una 38 y me quedé mirando. Matame esta gonorrea de ilusión B.
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8
Pasto, la botella y yo en este cuarto de hotel. Al lado del corredor se ven unas ruinas de una vieja casa, el hotel está vacío, yo soy el único huésped. Algunos gallinazos curiosean entre los escombros, yo miro desde la ventana. Al fondo hay un templo de la iglesia católica. El cielo está gris. Ayer, cuando salí a buscar más alcohol, quería encender el cielo a ladrillazos. Y. nunca me ha querido. V. se fue para siempre. Si renunciara a la botella le sacaría más jugo a esta soledad. ¿Qué son estas ansias indescriptibles? En la laguna quise ahogar el dolor, pero nada de eso es posible, ningún acto simbólico me golpea con suficiente impacto. Ahora cuando deambulé por la ciudad comprendí que la libertad se siente sucia. ¿Amar? Nada se… un velo de nuevo nubla mi mirada, pasarán cinco días y habré olvidado todo.
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9
¿Cuál es mi deber en este mundo? No tienes deber con nada ni con nadie, J. me dicen los inmoralistas e irresponsables. Yo he convertido cada deseo en obligación y amar se ha vuelto un imperativo. Debo amar a toda costa porque lo deseo. Me someto al padecimiento y al equívoco, a la búsqueda incesante del vacío más que de la completitud, es mi misión de vida. Si analizo bien mi historia estas maneras han sido más destructivas que creativas, no por eso le quita que sea amor lo que comanda. Fracasar continuamente, constantemente, hasta el final.
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Ideas para la nota:
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11
Si hay algo de creación en estos balbuceos o en mi paso por el mundo entre ignotos y enfermos no puede llamarse obra. Si lo fuera no tiene un carácter revolucionario pues ni se encamina a la conquista ni se conduce a eso que algunos iluminados y otros incautos llaman felicidad. Lo único que hago es exponer mi deseo de autodestrucción. Un deseo que solo cuando me humilló hasta la tortura supe que tiene la fuerza de un potro encabritado.
Ida al cinco. -Voy a donde A- le dije a R que preparaba un guiso para la comida. La noche era oscura y los cantos del monte ensordecedores. Vi hacia arriba como si me importara mojarme o que lloviera, no había nubes. - ¿LLevás linterna? - Si, ¿Puedo montar a Cornelia? – Ese animal tiene miedo a la noche y no pasa del monte de la vieja. – No creo que vaya a haber problemas.
Canturreo para no pensar: por la lejana montaña, va cabalgando un jinete, vaga solito en el mundo y va deseando la muerte. Subo el monte bien prieto de la potra hasta el claro del filo de don R. Voy ojeando las estrellas y me pierdo en las pléyades creyendo que son la osa menor, veo las luciérnagas en el pasto y recuerdo a aquel tonto de las constelaciones propias. Se vuelve a espesar el monte y solo queda subir donde la vieja. Suelto las riendas y los estribos, y me sujeto únicamente del cacho de la silla.
En la mitad del camino Cornelia se para en las dos patas y caigo al lado del barranco. La potra, famosa en la aurora por no dejarse montar, sale corriendo para abajo. Busco en el bolsillo la linterna y a su luz veo que una gran sierpe constrictora se desenrolla pacientemente. Se que me ve. Su piel tiene formas de diamantes. Espero a que se aleje. Sigo a pie hasta donde A. solo busco algo de beber para esta maldita sed que no se sacia.
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Cuando me escribiste “Estoy solo” dejé de creerte, pues ahí mismo supe que no lo estabas. Solo quien ha experimentado la soledad real no se atreve a hablar de ella. Quien se ve a si mismo solo de entrada está considerando la presencia, tal vez lejana, de otro. La soledad no es literaria, se vive patéticamente, es una conmoción tan profunda que extermina las palabras que podrían dirigirse a alguien más. De pronto ya has empezado a considerar que las botellas y las putas no son compañía, pero no estás solo. ¡Renuncia a ellas! Vive la soledad con el hondo ahínco con el que te has entregado a tantas viles futilezas.
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La constante negación a la que me había sometido demuestra una sola cosa: es incapaz de amar. Tal vez solo se trate de mí. Le descubrí todos mis espacios, mis rutinas, mi piel, mis ruinas, hablé sin usar el razonamiento y lo que vi fue horror en sus ojos.
Vio un monstruo y yo mi reflejo en su mirada. Huyó de pavor diciendo algunas palabras que más pretendían tranquilizarse que decirme algo. Sentí un dolor oscuro, velado, un dolor que me liberaba.
Desde entonces no pretendo dominar ni un poco lo que en mi habita, solo lo alimento con renuncia y sufrimiento. Ser consciente de la enfermedad me dio vida, no cura.
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La voluntad no es nada. Todo lo que me mueve se lo debo al deseo, la satisfacción y el hastío, y no a la acción de mis propias fuerzas, desconozco cuales son y por ello soy impotente por completo. Esta admisión me libera, no de la responsabilidad sino, del ansia de alterar el orden natural de las cosas. Soy frugal, silvestre, el conocimiento de mi mismo es irrisorio, absurdo, insuficiente, insignificante. Dirán los voluntariosos: “miren a la lacra como se ha convertido en un autómata” y tal vez tengan razón, pero lo que me gobierna no lo he aprendido en horas de aspiración de ideales frívolos.
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15
010125. Una noche como las pasadas noches, fumando desesperadamente, evitando a toda costa el primer trago de alcohol, extrañando con una melancolía dulce a una mujer. La ciudad retumba en estallidos y música caliente y yo fijo mi mirada en el corazón. Las luces de ese barrio titilan haciendo del lugar un solo organismo trémulo, enternecido por su trágica historia, olvidada ya, porque en Medellín hay violencias que las hacen atractivos turísticos, series de televisión y películas de porno miseria y otras, como las del cora, que pasan a la omisión, la negligencia y el abandono, sigo fumando.
En las ventanas del edificio del frente veo sujetos encapsulados en sus propias alegrías y miserias conducidas por la obligación de celebrar. Esta ciudad estridente, humeante, cargada de ceniza despierta una extraña ternura, inenarrable como la soledad del desesperado y la culpa del traicionado. Es un espanto, no un objeto poético, vivir a solas contigo, Medellín.
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¿Qué representa ella para mí? Si dos corazones rotos, con los pedazos desperdigados por ahí, se encuentran no hay manera para amar ni para encontrar una posibilidad de vida. Yo la conocí en el exilio, días antes de la derrota final, y ¿qué puedo esperar ahora que he admitido mi condición? Nada. Su rostro es conmovedor y sus palabras impactan, es sin duda el ser más bello e inteligente que conozco, ella lo sabe y eso nos basta para sabernos tristes. Pero de ahí a aceptar que me entregaré a ella, como me lo ha pedido, hay infinitas bifurcaciones. Yo no se como hacerla feliz, ni complacerla, ni acompañarla, ni nada a la final. Ahí si como me dijo, la vez que creía que me rechazaba, no parcera, por ahí no es, ya los dos sabemos que la dicha nunca es tanta.
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Esquela a EyA
Me dirijo a ti antes del escupitajo que te daré en el bar del pueblo que lleva el mismo nombre de la novela de aquel gringo loco. No es mi menester decirte que amo a quien te follas a hurtadillas. Pero cuando te vea esperaré que hayas bebido unas cuantas copas y cuando vayas al baño aspiraré un buen ronquido para botártelo en la cara. Aguardaré tus tragos para que después no tengas el discernimiento de si tu reacción es a causa de la ira o de la borrachera. No temas a ninguna de las dos. Yo no conozco ni de armas ni de defensas, puedes golpearme hasta el asesinato, nadie presentará cargos, el orgullo de ella se lo impedirá. Lúcido escribo en este papel, con plena consciencia de lo que digo y lo que haré, respetuosamente tuyo. P
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18
Medellín. Me resulta odioso que mis contemporáneos traten de evocar con ternura lo que fue miseria. Que pretendan enamorar incautas con esa parlanchina llena de eses y de ches, neh. En cada uno de ellos no faltará la aventura con algún bandido, las tardes de balacera y las aceras escupidas. Miran el pantano y lo escarban con el hocico como los marranos. ¿Qué belleza va a ver en la pobreza provocada sistemáticamente por la misma violencia que la engendraba? Para nosotros solo hubo soledad y miedo, y ahora vienen con sonsonetes romanticones simulando el perdón. Gonorreas, lo que necesitamos es venganza y desaparecer de la faz de la tierra para siempre.
Cuando me subo a un morro un impulso desconocido me invita de lo más profundo a querer esta ciudad. Acá no sé qué son los amigos ni sé que son las amantes, ¡ah! pero eso sí pregúnteme por las putas y los piperos para que pueda decirle el lugar exacto. Esta tierra sería hermosa sin esta mole de cemento y ruinas, si escapara por completo a mi mirada, si no respirara su aire particulado y si fuera sordo a su ruido inclemente. No deseo templar mi humanidad ni nada por el estilo solo que no encuentro otro lugar para vivir.
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19-
Cuando calentaba la sopa le hizo el siguiente planteo:
- Es la última vez que te voy a servir, yo no soy tu sirvienta y con A. comprendí lo que es el verdadero amor...
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20
Nunca tuve miedo a las alturas hasta el día que habría de decidir entre entregarme cabalmente al amor de La Chiqui o a perderme por completo. Temía al sonambulismo y en medio de la noche tirarme del balcón. Al despertar confabulaba con posibles saltos. Era esa posibilidad de perderme lo que me daba un sentir viviente y por ello la angustia de no serlo.
Fue por el final de la pandemia que fuimos a una cabaña al lado de los pasitos del niño dios a descansar de algo que sin duda nos agobiaba y, sin saber su nombre, pasaba por mi desesperación. Durante días enteros estuvimos encerrados sin ver el sol y viendo al Napoleón de Abel Gance, mientras yo padecía delicados síntomas de una enfermedad que para entonces era inconsciente de sufrir.
Un día, antes del alba, me dijo: prométeme que hoy si salimos a caminar. Recorrimos la mañana entre potreros hasta llegar a un monte que se iba escarpando suavemente. Yo sentía el reclamo furioso de tener que disfrutar pues todo era bello, ella, las quebradas, las plantas, la perra, los aromas, el día era luminoso y yo me increpaba y trataba de disimular mi agobio.
Llegamos a una pared de roca alta de unas veinte brazas. Era la subida a la punta de la piedra de donde posiblemente se vería el valle del Magdalena. Analicé la situación por no decir que ya estaba paralizado por el miedo. La Chiqui empezó a trepar con ese movimiento suave y elegante con que hace todas las acciones cotidianas, y la perra de un brinco saltó hasta uno de los filos sobresalientes de la roca. Las dos me superaban por encima de la cabeza y me animaban a empezar a subir. Mi respiración se agitó, puse la espalda en la pared y caí de cuclillas. No puedo subir, discúlpame por favor, le dije.
Regresamos a la cabaña y no se habló más del tema. Pero desde ese día se ahogó en mi un grito y solo le pude dar soledad y nada. Empecé por no acariciar sus senos. La ira de ser incapaz de amar se apoderó de mí, la chiqui trató de aceptarlo hasta que se agotaron todos los destinos y solo quedaba la fatalidad.
Nunca más volví a ver esa roca.
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21
Siento tristeza hacia aquellos que tratan de salvarme. Como con los que van al cine a ver en las películas el sentido de la crítica social. Como con los que esperan el compromiso político del artista. El mundo es más amplio y más profundo que cualquier sistema político, y no solo de pan vive el hombre. No quiero que reconforten mis ideas, ni encajar en ninguna corriente. Quiero encontrar el objeto que mueve a la poesía. Sea el sueño que acabo de tener o las rosas que plantaste alguna vez en el jardín. Ninguna de las dos se elegirá por votos, por contras o pros, o por autoridad legítima o ilegítima. Solo emergerá o brotará cuando el poema así lo exija.
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22-
Tres acostados sometidos a una inspección anal...
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23
El verdadero paso que separa a los niños de los hombres no es la humildad es la certeza de la propia muerte. Así pierden fuerza las ideas y las cosas que dan sentido a la vida y se escabulle la emoción del amor. Es cómo quiero morir lo que me mueve, son infinitas las formas de hacerlo y hay solo una que con seguridad no quiero. Esto me ha puesto una única limitante al goce y al deseo. Lo vivo trágica y patéticamente. Si Dios existe le pido que me ayude a lograrlo, yo no quiero morir así le digo a mis adentros.
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24
Como si te lo dictara la locura me exploraste con la lengua al borde de la quebrada. Lo último que vi antes de cerrar los ojos fue el cielo amarillo gris. Se fueron apagando los cantos de los alcaravanes y solo escuchaba tu respiración y tu latido. El agua arrastraba una brisa fría. Lloré de placer y de dolor. Olvidé mis heridas. Di gracias por dudar de creer en dios porque esa tarde podía llegar a serlo.
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Para F: Niño de la noche. Pueril periquero de la esquina. Servil esclavo de la barra ejecutiva. Exiliado en un rincón de rodillas. Humillado a causa de tu belleza. Antebrazo tendido en el naufragio. Sumiso a la atracción femenina. Compañero de abandono en el mundo del sentir. Cuando te pase la hueliza vamos a jugar a la pelota.
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26-
... lo que ellos tienen en común es el diletantismo. ...
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27
Tengo ojos y no veo, tengo oídos y no escucho, tengo nariz y no huelo, tengo piel y no siento, tengo boca y nada me sabe a algo. Camino deambulando como si fuera una lombriz que sale de la tierra a tostarse al sol. L.A. me dijo: estás muerto en vida. Y así me dirijo hacia el único fin que es la muerte sin adjetivos ni segundos nombres.
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28
Es domingo en la tarde. El cielo está amarillo sobre las montañas del frente, arriba todavía está azul. Hay un silencio que no se debe a la ausencia de sonidos. Mañana madrugaré a las 3:30 de la mañana y cogeré el bus para el trabajo. Soy pobre, lo poco que he ganado lo he utilizado en mi sustento y en malgastar en aturdimientos y dosis de desesperanzas. Me he dado cuenta de que hace unos años se me escapó la juventud. Nada, ni un solo instante hasta el momento ha sido perfecto, por eso trato de aceptar mi condición. Si hay un camino no lo reconozco, tengo la certeza que si el otro domingo sigo vivo solo cambiará el color del cielo.
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Brutal deseo. Paciente ternura. Te espero. No rehúyas a mi amor a causa de tu orgullo. Conozco la soledad que ha implicado mi esperanza, la quiero, pero te quiero más a ti.
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30
Tuve la suerte de conocer a un viejo de gran corazón. En sus historias pude dilucidar que estuvo en prisión por homicidio, amó a varias mujeres al tiempo, en todas engendró hijos, maltrató con la palabra y con la fuerza, deambuló desesperadamente las calles de la ciudad, robó y estafó. Fue condenado por el hombre a causa del desborde de sus pasiones. Ahora vive como un asceta y sus palabras son simples, dan la impresión de que lo ha vivido todo. Por eso la gente dice que ha perdido el juicio.
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Quiero seguirte y por eso cargo el peso de la enfermedad. Sufro, padezco y mis deseos son de renuncia. Quiero seguirte porque no puedo evitar el sufrimiento y porque, en el fondo, anhelo ser dios. Para llegar al sano juicio paso por no debilitar mis tormentos sino vivirlos como brotan del espíritu. Mi ilusión es que este dolor me haga fuerte para llegar a ti.
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Cuando me hice consciente de la soledad dejé a un lado la preocupación por ser feliz. Ahora todo lo hago en solitario, incluso aquellas cosas que suponen la presencia de otro. No fue mi voluntad la que me llevó a este estado, tampoco creo que lo haya hecho mi enfermedad, aunque veo la soledad como un síntoma de mis padecimientos en el mundo. No se si me explico.
En esta soledad he perdido de vista el sentido de la vida, solo busco las ganas de vivir y por eso las ideas acerca del suicidio pasan constantemente como ráfagas, no me angustia, yo se que soy incapaz de matarme. Admiro, por no decir que envidio, a las personas que disfrutan y realizan labores prácticas, manuales y que eso les abarca el tiempo con una obstinación desmedida. Lo intenté, pero no entiendo de mecánica, mis manos tiemblan y no fluyen las imágenes que hay en mi mente hacia lo que pueden hacer mis manos.
Una amargura recorre mis días, camino porque un espíritu extraño se llevó mis lágrimas y no se llorar, soy solitario y de la felicidad...
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Son igualmente legítimas las dos fuerzas que pugnan en mí....
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Admiro a los atletas que tuvieron la victoria en el deporte, pero que la vida derrotó. A esto podría llamar justicia. Recuerdo la historia de aquella nadadora introvertida, tímida y solitaria que, luego de la presión de sus compañeros de la villa, accedió a participar en la apuesta de quien se comía el chile más picante. Sus probabilidades de victoria en la carrera eran altas, había clasificado a la final (olímpica o mundial, ya no lo recuerdo) con el mejor tiempo y todos esperaban que subiera al más alto lugar del podio. La revancha de los tímidos, el esfuerzo silencioso dando réditos ¿Quién lo creyera? Su organismo no aguantó el picor, cayó intoxicada y no pudo zambullirse al otro día. Una pena, la justicia no siempre opera y si lo hace es un misterio.
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Amar a varias mujeres al mismo tiempo es ser un amante del amor en abstracto....
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36
La víspera de aquella noche de insomnio caminó hasta el morro para ver el amanecer. Los estallidos y el latido desesperado de los perros no le permitieron dormir. Para acceder a la cuesta anduvo entre callejones y pasadizos, la gente celebraba y consumía grandes cantidades de alcohol. Necesitaba la ternura de la obstinación de las primeras luces del día. No contaba con que, en la esquina del último barrio antes de subir, habría una riña encarnada entre dos grupos de borrachos. Se vio envuelto en un lleve y trae de empujones, un gordo beodo sangraba, y otro sostenía una garrafa de aguardiente despicada. Alguien le preguntó que quien era, que para donde iba. No respondió, se quedó en silencio y siguió caminando sin apurar el paso. No sintió miedo, le pareció extraño y subió sin pausa hasta la cima. No pensó en nada, pero tampoco pudo apaciguarse, no era el incidente de los borrachos lo que le tenía así, era un resentimiento hacia la vida, talvez la culpa de no sentir miedo a morir.
P. le había citado para encontrarse en la tarde en el café bookman. Cuando se vieron hablaron un rato de banalidades varias. Hasta que P. no pudo esconder su angustiado enojo y le dijo: “estoy que mato a cualquier hijueputa”. “Matame a mi” le respondió.
P. Se quedó un instante mirándolo a los ojos, con una sonrisa nerviosa se excusó con que tenía que servirle la sopa a su hijo y se fue.
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37
Un líquido enervante, una sustancia química, lo puso a rodar cuesta abajo de un precipicio y sin esperanza de retorno. Su tendencia era estar tendido, y como enfermo desahuciado no pararse de la cama, o de la vereda, o de donde fuera que lo atacara el pasmo. Solo una fuerza de poder creadora lo pudo levantar de allí. Únicamente un esfuerzo testarudo por negarse a morir lo han podido, hasta ahora, mantener en pie.
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38
Nunca he estado en la situación, pero creo que si he de decidir entre la muerte de un hombre o la mía, elegiría la mía. Eso me ha hecho sentir libre, últimamente, de descargar mi ira mediante el insulto o la palabra y me viene un vago deseo que en el otro se levante una indignidad tal que lo lleve a matarme, no haré oposición. No hay revancha en el asesinato, la muerte no es ningún castigo, ni ninguna victoria. Sería incapaz de matar a un hombre, pero ¿Qué hay con eso? No me hace mejor persona. No me impide el deseo de tortura o de suplicio, por ejemplo odiar hasta que todos estemos bajo el mismo nivel de humillación.
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Tarde o temprano me cansaría de tus acusaciones subrepticias...
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40
Lanzaste la pregunta a la gran nube: ¿Por qué fracasamos? Atravieso esa pregunta día a día, día a día y hoy se me ocurre que todo gran y verdadero amor está condenado a fracasar. Los demás se confunden en rutinas, alimentan la adrenalina del escondite, elaboran proyectos en común, engendran hijos, construyen paciente y parsimoniosamente costumbres para llegar a soportarse. Pastorean rencores. Fracasamos porque nos amamos sin remedio, sin esperas, con la intensidad de amar y desear al mismo tiempo. Si nuestro vínculo se rompió fue por el amor, un amor soberbio que decidió entre todo o la nada. Eligió la nada.



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