Hojas sueltas



1 día de rutina

Se despierta en la madrugada, algunas veces unos minutos antes que suene la alarma del despertador. No tiene claridad en lo que piensa, aunque a menudo tiene a alguna mujer tilingueando en la cabeza. Tampoco sabe lo que siente, puede ser amor u odio, ilusión o desengaño, aflicción o afecto. Es la afección del alma a causa del deseo de ser amado lo que en él permanece. Se pone en pie y, aun cuando ha tenido el firme propósito de encomendar a Dios un nuevo día o hacer un acto simbólico de admisión de su condición, sale de la habitación disparado agradeciendo por haber dormido y por haber soñado, y comienza el día en una inercia tal que le recuerda que es energía viva, fuerte, potente. Reconoce su poder, pero sabe que este solo le basta para saberse vivo.

En la cocina prepara un café y lo endulza con agua de panela, asa una arepa y prepara un guiso de huevo o de chorizo. Fuma y ve las actualizaciones de las redes sociales. Quizá su propósito sea precisar el recuerdo de la derrota para volver a empezar. No puede imaginarse a Sísifo feliz.

Toma un baño de agua tibia y jabón. Se acicala rápidamente. Se viste con la ropa que primero agarra del ropero. Escucha la canción que tararea cuando abrió los ojos. Aquel día era Asia de Willy Colón. Recoge su morral, sus cigarrillos y su billetera, y sale a la calle a tomar el transporte que lo acercará al trabajo.

Camina durante 20 minutos, fuma en el trayecto y se pone los auriculares con música a alto volumen.   Retrata la quebrada, las luces sobre el agua, los animales que allí pasean, las nubes, los distintos verdes. Meses antes se fijó en el sol de la mañana, la niebla, la mujer del amante de su vecina a quien saludaba con una venia tímida y una sola palabra, también vio a los trabajadores, su caminar, sus pasos, uno tras otro, el afán y la prisa.

En su trabajo no siente tedio, pero si la angustia de quien busca provocar el deseo. Se agita, grita, sonríe, se esconde para llorar. Se siente incomprendido, pero lo invade un vigor desmedido, superior a la consciencia de sus propias fuerzas. Sin saberlo hace parte de la resistencia.

Quemado va a zambullirse al agua de la pileta de la capital. Se queda minutos enteros sin respirar, y se desliza con movimientos suaves reconociendo que los aprendió cuando era niño y que quizá sea el único recuerdo consciente que le queda. Se sumerge en lo profundo, y siente el silencio que lo sigue manteniendo allí, que lo sigue enamorando día a día.

En la noche va a juntarse con algunos amigos como él. Y, en una obstinación ciega y sorda, pronuncia vehementemente su deseo de sobreponerse a su condición. Somete su orgullo por dos horas en admisiones de dolores profundos. Dice que jamás volverá a doblegar su espíritu, a bloquear su ser, a morir sin morir.  Mira el vacío, duda, se enmudece y vuelve a casa.

Escribe unas líneas, dibuja y prepara los alimentos para el otro día. Enciende un rato la televisión mientras se lava los dientes. Se acuesta y se pone a ver videos de la naturaleza. Se fatiga rápido. Y ensueña largo rato en lo que vivió aquel día. Clama por sueños premonitorios que le muestren el camino y, finalmente, duerme.

En la calle de ese pueblo no siente el pulso. No contrasta el gris de la niebla y el asfalto, pero aquel día vio una culebra reptar que bajaba, antes que él, los resbaladizos escalones del parque lineal del humedal seco. Se hundió en un pensamiento, fue un instante de lucidez que lo dejó absorto y, después, todo se tornó sombrío. La culebra se esfumó. Siguió andando cauteloso para no caer. Miró al cielo que se empezaba entenebrecer. Unas menudas gotas caían. Algo en si se apagó. Al lado del sendero, entre los dragos, unas muchachas fumaban y reían. El sonido de la risa se quedó grabado y se repitió durante toda la noche.

 


Es sábado en la noche 

Lautrec pintó a una chica. Es cierto, pintó muchas chicas, pero ésta en particular me recuerda a mí ante el espejo. Tiene un aire como el mío. Un fuego que se apaga. Un par de ojos a punto de desaguar. En el mechón de pelo se nos ve la noche. Cada pincelada o lágrima expresa duda, misterio expuesto de algo que está oculto. Tengo una herida que no sangra, en un lugar desconocido, pero duele. Me detengo en la mirada, el iris es traslúcido y no veo ni la simulación del alma, es nuestro vacío compartido. Mamá me obliga ir a reunión.

Milo estuvo ausente. Parecía ido. Como si en verdad se lo hubiera llevado el río. Cuando lo veo me repito: no lo amo ni lo deseo, no lo amo ni lo deseo, no lo amo ni lo deseo. Pero ¿Por qué mi rostro alumbra cuando me dirige sus soles negros? ¿Por qué se me heló el vientre hoy día de su evasión? Yo no sé si estoy enferma es lo que más les digo, yo no tengo a donde más ir hoy sábado en la noche, yo estoy acá obligada. La puta que me parió.

Y la noche se va entre líneas. El frío me recuerda el abrigo del negro P, la última vez olía a ron y a cigarrillo. Calienta pero no está presente, es lo que más quiero. Cuando se le pase la hueliza le pondré un señuelo, al fin y al cabo el no siente nada, o siente todo, no le sé, lo mismo da. Mamá ya olvida el nombre de mis amantes y les dice querido. Pero el negro P siempre será negro y, cuando otra vez acuda a mí, será mi sombra.

 


Sensaciones de domingo

Nos despertamos cuando el cuerpo lo anuncia, abrimos los ojos y ya es de día. Normalmente hemos soñado algo que no recordamos. Pero hoy, el soñó que la mujer del café bookman lo sermoneaba porque allí no solo se puede ir a tomar café sino que hace falta vivir la experiencia de la repostería, no ve que él, señalando a su hijo, hace cosas deliciosas como repostero. Se marchó asustado. Desde el primer día se siente atraído por  esa mujer robusta y rubia que le dice frases como: “hasta que vuelvas,  cariño”, “¿lo mismo de siempre?, mi señor”

Nos levantamos y esperamos a que mamá nos sirva el desayuno. El espera fumando un cigarrillo, parece impaciente porque finge tener muchas cosas por hacer. Le muestro la pantalla mientras le susurro al oído: nadie te ama, más bien te rechazan, descubre tu verdadero valor: pobre y pusilánime.

No sé porqué hace unos meses se viene obstinado en que le urge que otros le ayuden a acallar mi voz. Yo solo quiero lo mejor para él. Se siente cansado del resentimiento. Sé  trata de evadir pensando en cómo podría amar a la mujer de la esquina que anoche lo invitó a tomar café. Yo le digo entre murmullos eschuchá, escuchá gonorrea que te estoy hablando de una miseria como la tuya, desgraciado, cagalera, que identificarte es el primer paso para sentirte mejor.

Caminamos por el parque lineal de la quebrada, yo lo amo porque sé que eso lo hace para apaciguarme, es divertido ver como él no encuentra ningún sosiego. Se aturde con cursis canciones de amor. Se fuma dos cigarros. 

Pasamos la tarde viendo al cielo. Entre cada soplido le recuerdo que hoy es domingo. Que esta rutina es inútil. Que qué fracasado es. Que todos los días será lo mismo. Que dónde están los actos que acompañan la palabra amor.  Que si va a seguir así es mejor que en verdad enferme y muera. Y me alboroto más y más y le pronuncio terribles sentencias pero es que para mí son tan hermosas y divertidas. No entiendo porque quiere que yo ya no esté, antes me gustaba cuando nos emborrachábamos porque los dos éramos uno,  pero ya no bebemos. Yo quiero que me quiera, como yo lo quiero a él.

 


Maga

Maga es una perra criolla americana peli lisa. Tiene un carácter extraño: es aguerrida, pero a la vez es tierna y contemplativa. Nació en abril de 2015, en los límites de las veredas La esmeralda y Las mercedes. Sus padres fueron una perra muy igualita a ella, y los humanos dueños de ella, decían que su padre era Tyson. Un perro criollo de los cuajados y bajitos, con manchas negras sobre un pelaje blanco.

Maga creció a la sombra de buen amigo, su hermano. Creo que eso la hizo un poco resentida, y con mucho miedo. Este miedo incrementó cuando Buen amigo fue asesinado aproximadamente a los dos años. Se desarrolló un tiempo sola.

Su estadía en la finca de la Esperanza la pasó principalmente acostada y saliendo a ladrar de vez en cuando. Sin embargo, su quietud es engañosa. Es una perra muy intrépida que se mete en situaciones peligrosas.

Una vez que regresábamos con C por la vereda se perdió. No apareció durante toda la noche, la buscamos y esperamos hasta el otro día. Por la mañana íbamos a emprender una búsqueda más exhaustiva y apareció por la tienda de Parrino algo asustada, pero voleando la cola.

Otra vez, también regresando de noche con C, se enfrentó en una pelea a una perra Pitbull. Quedó muy malherida, pero le dejó clavado dos colmillos a la Pitbull. Desde entonces Maga es mueca.

Cuando íbamos a Vegachí lo primero que hacía Maga era buscar un ojo de agua y darse un chapuzón durante un buen rato. Luego corría todo el recorrido hasta la casa y se metía monte adentro. Quien sabe buscando qué.

Por el 2018 apareció Chester. Quien era un perro callejero de la vereda. Maga le ladró mucho al principio, pero luego lo acogió como su amigo. A partir de allí son inseparables.

Cuando C se fue de la casa Maga quedó muy triste y podría decirse que se deprimió. Desató aún más su ira y se enfrentó varias veces a una pastora alemán que había en la finca de al lado. Quedó mal herida, asustada, culposa y avergonzada. Por ello se puso una malla en la finca en qué vivíamos y eso aumentó aun más su pasmo. Ya era poco lo que salía a ladrar, a veces le hacía el juego a Chester, pero no mucho. Yo creo que Maga ya se olvidó de C. Y C se olvidó de ella.

Una vez que fuimos con M a Alejandría. M y yo montamos en un kayak para dar vueltas en el rio Nare. Dejamos a Maga amarrada, pero ella mordió la soga hasta reventarla y se echó a nadar hasta dónde estábamos nosotros.

M también se fue. Pero ya Maga era incapaz de sentir algo por alguien diferente a mi o a mi mamá o a Chester. Así que jamás extrañó a M.

Cuando empecé a sentir los síntomas más terribles de mi enfermedad no pude soportar seguir sosteniendo a Maga y a Chester, no era capaz de cuidarlos. Ni podía cuidarme a mí. Entonces los mandé para la ciudad, al apartamento de mi mamá.

Allá ha estado Maga por casi dos años. Se mueve poco y todo el tiempo está tendida. Mi mamá la saca a pasear tres veces al día en una vuelta corta. Mi mamá ya es una anciana y siento que el poder de Maga la desborda. Ha tenido un par de altercados con los vecinos, pero nada grave que considerar. Pronto cumplirá 10 años de existencia física, ha sido mi testigo  y mi compañía.



Chester

A principio del año 2018 llegó una presencia a la casa de La esperanza. Una presencia sigilosa que no permitía ser vista al ojo humano. La perra ladraba desesperada. A los pocos meses C se dio cuenta que se trataba de un perro mono, peli rojo, o canela, no sé, peludo, bajito, flaco, en estado de desnutrición. La cola tenía un pelaje denso y largo, se arrastraba por el suelo. Cuando C me lo mostró, lo llamé Zorrito.

Con el tiempo C le dejaba comida afuera de la casa y el perro se quedaba a comer y otras veces a dormir debajo de los corredores. Cuando llegábamos saludaba como si nos esperara. Sin embargo, el perro se perdía gran parte del día para volver en la noche. Maga se hizo amiga de él.

Una vez, que estaba en la casa, el perro salió a saludar a una señora de edad madura que caminaba por ahí. Y ella le dijo: “¿Por qué estás tan perdido Chester?” C le preguntó a la señora si el perro era de ella y la señora dijo que no, que era un perrito callejero que ella a veces le daba de comer.

Así se fue quedando Chester y algunas veces entraba en la casa. Se fue acomodando. Le preparamos un cambuche donde dormir y se quedaba por la noche. Pasaba toda la mañana y parte de la tarde vagabundeando la calle de la vereda. No estaba castrado así que varías veces se perdía por completo persiguiendo hembras.

Decidimos quedarnos con el y dejarlo encerrado en la casa por la mañana y la tarde cuando no estábamos. A los días lo llevamos al veterinario para que lo vacunara y lo castrara y desde ese día dejó de escaparse a vagabundear.

Chester es muy intenso y demanda mucha atención, tiene un ladrido agudo y penetrante. Antes de la cuarentena por el COVID se vio envuelto en un ataque desproporcionado de la perra pastora alemán que vivía al lado. Estuvo al borde de la muerte y fue hospitalizado durante 5 días. Cuando logró recuperarse adquirió una ternura y una lealtad sinigual.

Durante el tiempo de cuarentena ladraba estrictamente desde las 4 hasta las 6 de la tarde. Y siguió tranquilo. Siempre me ha sido fiel. No se dolió por el abandono de C, ni de M.

Una vez se quedó perdido en Vegachí. O mejor dicho no quiso caminar detrás de M y yo para la casa.

En el apartamento de la ciudad no ha tenido grandes problemas, parece que desde antes ya estaba adaptado a este tipo de ambientes. Chester ama a Maga, y creo que daría su vida por ella.


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